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Con las siembras de coca disparadas en todo el país –extraoficialmente, entre 220.000 y 230.000 hectáreas, según la Oficina de Política Nacional para el Control de las Drogas de la Casa Blanca; y entre 170.000 y 180.000 hectáreas según las cuentas de autoridades colombianas–, el Gobierno tiene un as bajo la manga para revertir la tendencia: utilizar drones para fumigar con glifosato los narcocultivos.

A pesar de los buenos resultados de la erradicación forzada llevada a cabo el año pasado por policías y soldados –53.000 hectáreas, frente a una meta de 50.000–, los líos para el despegue del programa de sustitución voluntaria de cultivos, la resiembra (que pudo llegar al 20 %) y las nuevas hectáreas de coca están forzando un replanteamiento de la estrategia antinarcóticos.

El Gobierno sigue firme en su decisión de no volver a la aspersión de glifosato desde avionetas, pues considera que a mediano plazo los programas de erradicación voluntaria apoyados por la Fuerza Pública van a garantizar resultados. Además, señalan altas fuentes, volver a implementar las flotillas de avionetas de fumigación que recorrieron el país por casi tres décadas implicaría, además del costo político, enormes inversiones en tiempo y dinero.

Pero se están buscando opciones para hacer más efectivo el trabajo de los erradicadores en tierra y por eso los expertos empezaron a mirar hacia los drones, una tecnología que ya se usa en la agricultura y que, en el campo de la seguridad, tampoco es extraña para el país.

EL TIEMPO conoció que desde finales del año pasado la Policía Antinarcóticos viene haciendo pruebas piloto para establecer las características de los equipos que serían utilizados en la lucha contra la coca y que presentan varias ventajas frente a las estrategias tradicionales.

Por un lado, los sobrevuelos serían a menor altura que los de los aviones antinarcóticos, con lo que tiene un control exacto sobre el área que será fumigada.

Como se recordará, uno de los argumentos contra las aspersiones fue que por factores como el viento y la lluvia los cultivos de pancoger terminaban siendo afectados por el glifosato. Actualmente, los erradicadores usan glifosato con aplicadores manuales, y la última decisión de la Corte Constitucional sobre el tema –después de que en el 2013 ordenó la suspensión de las fumigaciones aéreas– aclara que incluso esa herramienta puede utilizarse siempre y cuando se garantice que no habrá efectos colaterales.

Los drones volarían a una altura de entre 50 centímetros y un metro por encima de los cultivos de coca mientras que un avión lo hace a no menos de 10 metros de altura. 
La efectividad también juega en favor de la tecnología. Así, mientras un equipo de erradicadores manuales puede destruir en un día entre 3 y 5 hectáreas de sembradíos, con un dron se pueden fumigar entre 10 y 15 hectáreas.

Adicionalmente, con los aparatos se minimizarían los riesgos de minas antipersona –que son usados por los narcos y grupos armados para tratar de frenar a los equipos de erradicadores– y también los famosos ‘bloqueos sociales’, con los que comunidades cocaleras impiden la acción de policías y soldados.

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